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Un día de cuarentena…escuchando el corazón

by admin

Por María Carolina Vela Coral                    

El reloj acaba de sonar. Son las siete de la mañana de un día entre semana, a las puertas de la Semana Santa del año 2021. Se cumple un año de la pandemia del coronavirus. La rutina parece apoderase de mí. En un segundo esa sensación desparece. La razón, desde el mirador de mi casa en el municipio de Buesaco, en el departamento de Nariño –en el sur de Colombia- se abre paso ante mis ojos; una imagen de incalculable belleza. Son las altas montañas que se combinan con los cañones. –empiezo a orar por unos tres minutos, agradeciendo por el milagro de la vida-  Levanto la mirada y me encuentro de frente con la magia de la naturaleza. Es el comienzo del Juanambu –río protagonista de la batalla de la independencia-

En el televisor, que está con un volumen medio escuchó las palabras del Presiente Iván Duque, quién expresa su “solidaridad a todas las familias que han perdido un ser querido”. Su mensaje, retumba mis oídos: “nuestros pensamientos y oraciones están con ustedes compatriotas”. Su declaración –que ha sido repetitivo por espacio de 13 meses- me hace volver a la realidad. Muy pocas veces en la historia del país, nos hemos visto expuestos a la amenaza de un amigo silencioso como el coronavirus. Es entonces, cuando me siento más protegida que nunca, bajo el amor de mi familia (mamá, hijos y hermanos) y en brazos del “doctor Buesaco”.

Este municipio del departamento de Nariño, es conocido así local, nacional e internacionalmente, gracias a su clima medicinal. A este lugar del planeta, llegan de paso o a fijar su residencia cuando padecen enfermedades reumáticas para poder curarse. Su clima es seco, templado y húmedo. Sus bondades, se reflejan datos estadísticos demográficos. La tasa promedio de vida oscila en los hombres 72 años y las mujeres 82 años. “Pueden creer. Es una maravilla”.

Sé que mi relato sorprenderá a más de un lector, por eso les proporciono la ubicación de Buesaco. Está distante 36 kilómetros de la ciudad de Pasto –a las faldas del Volcán Galeras y cuna del Carnaval de Negros y Blancos (Patrimonio de la Humanidad). Es una tierra de sol, café y maíz. Para los visitantes, es una parada obligada para tomar café y probar el queso artesanal. Es una delicia al paladar. Justo un par de semanas atrás con mi hermana María Claudia, nos dimos a la tarea de preparar este “manjar”. Se los recomiendo. El resultado, no podía ser otro entre mi familia. Se tomaron dos y hasta tres tazas de café, acompañado de arepa.

En medio de este momento tan cálido, el impacto la pandemia es “una sombra” que te acompaña las 24 horas del día. Desde que se observa la luz del sol, hasta que te acuestas, mirando el imponente cielo con estrellas. Y qué decir, si hay de fondo buena música, un libro y la grata compañía de mi madre, la mujer a quién admiro Y que además de regalarme la vida, me da “alas para volar” en una de mis pasiones. Escribir. Por todos y cada uno de tus sacrificios. Tus consejos. Sus abrazos y besos. “Gracias mamá. Infinitas gracias…por la eternidad. Haz dejado tus enseñanzas en un terreno fértil, que pasará de generación en generación. Que sabremos valorar en toda su dimensión, cuando el oscuro túnel del Covid-19, haya terminado”

Cuando pienso en ese día –que espero sea pronto- se me viene a la mente a todas y cada una de las personas que desde el rol de médicos o enfermeras han estado –en primera línea luchando contra la pandemia que ha cobrado la vida de más de 64.000 personas, ha contagiado a más de 2.500.000 en Colombia. Algo de no creer. Es un ejército invisible de manos que trabajan cada minuto, corriendo grandes riesgos, para contener este virus, que además de agresivo, tiene la capacidad de mutar. Un hecho, que está en la mira de la comunidad científica.

Desde este camino del Inca –que es Buesaco- ruta de la expedición Humboldt. De sitios y parajes que fueron escenarios de batallas libertadoras. Donde emergió la independencia de Colombia, -en medio de una colcha de retazos- donde la naturaleza cambia de color y los bosques juegan con las praderas, para dar paso a arboles de naranjas, limones, mandarinas, sauces, palmeras y pinos navideños. Viviendo un día de pandemia, desde el confinamiento, estoy convencida que esta emergencia sanitaria es la más grave de los últimos 100 años en el mundo. Solo un dato, que me da escalofrío. Ha cobrado la vida de 3 millones de personas. También es, la peor recesión económica. Es un gran retroceso en todas las áreas de la sociedad del siglo XXI. La cultura, el turismo, el campo y que decir, de la aparición de las enfermedades mentales.

Pero hay algo que jamás morirá. El amor. Lo recibo y lo siento a cada instante. En cada palabra y gesto de los miembros de mi familia. Lo que ha surgido, es una nueva forma de amar, más allá de contacto físico. Se ha creado una nueva rutina. Hemos encontrado nuevas formas de conocernos y de compartir. El valor de los momentos afloran en el corazón y la piel. Lo que he vivido, me hace sentir diferente, de como era antes. Como mujer, Como madre. Veo con otros “ojos” los fracasos y los triunfos. También el aprendizaje y el miedo. Tengo la inmensa felicidad de acompañar a mis hijos en su crecimiento como personas y en su aprendizaje camino, a convertirse en profesionales. En una palabra: “soy feliz como soy. Lo que tengo y lo que puedo dar a mi familia. A quién me cruzo en la sala, en la cocina, el prado o en las largas caminas que emprendemos, bajo el pretexto de manteneros en buen estado de salud”

Si usted amigo lector me pregunta: ¿que he aprendido en estos meses de cuarentena voluntaria y obligatoria?, le puedo decir, sin temor a equivocarme que mis prioridades se transformaron y la máscara se cayó. Me siento una mujer real. Con virtudes y defectos. Autentica. El milagro de estar viva, es resume en respirar. Si en respirar. Antes de la llegada de la pandemia, no tenía el valor que tiene hoy. Así que, ya es una ganancia. Es una ganancia intangible, que trasciende más allá de mi ser y me da fuerzas para escribir estas líneas, que quedarán consignadas en la historia. Que sean mis hijos. Mis nietos, que las analicen y le den el valor, cuando todo esto haya pasado. O simplemente, cuando Dios, en su absoluta misericordia nos invite a su seno. Será entonces, que este relato cobrará vigencia para mis hijos, para mi familia y una generación. Desde el amor y el recuerdo.

Mi consiga es: “cuidémonos hoy, para abrazarnos mañana”. Esa es una tarea inaplazable en los tiempos que corren. Al invitarlos a analizar conmigo, “¿sabemos que día empezó la pandemia en Colombia -20 de marzo de 2020- pero no sabemos cuándo va terminar?” La fecha del reencuentro genera en mi mucha ansiedad. Sobre todo, cuando el coronavirus avanza como un “tsunami” en varias regiones del país. incluido el departamento de Nariño. Este escenario, ha hecho que viva en una completa incertidumbre. Por eso, vivo el día desde el corazón. Desde la fe y el amor de mi familia.

Es aquí y ahora, cuando el mensaje del Papa Francisco el pasado 27 de marzo de 2020 cobra singular importancia. “el coronavirus nos sorprendió a todos, cambiando la vida familiar, el trabajo y las actividades públicas y dejando a su paso muerte, penurías económicas y distancia de la Eucaristía y los sacramentos. Esta dramática situación, desenmascaró la vulnerabilidad del hombre, su inconsistencia y su necesidad de redención. Cuestionando tantas certezas en la base de nuestras vidas. Nos ha colocado interrogativos sobre la felicidad y sobre el tesoro de nuestra fe cristina”

Desde esta tierra generosa de riqueza natural –Buesaco-, quiero decirles que la amenaza constante de contagio del coronavirus, me ha enseñado que existe otro tipo de contagio: el amor. Si el amor. Que se trasmite de corazón a corazón- He sentido su fuerza desde la fe. Por eso, no hay mejor canción que escuchar el corazón…Y se siente con más fuerza, si nace desde el abrazo y el beso de mamá. Y las palabras y el cariño de la familia…En estas líneas dejo mi corazón en tiempo de pandemia…Queda mucho aún por escribir.

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