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Las reformas estructurales que nos conducirán a la debacle

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Por Eugenio Trujillo Villegas*

No se ha posesionado el nuevo gobierno, pero sus próximos funcionarios anuncian numerosas reformas que solo han generado confusión y pánico económico. Reforma tributaria, reforma agraria, destrucción de la política petrolera, eliminación del sistema privado de salud, subsidio de un salario mínimo para los desempleados, expropiación del ahorro pensional, etc.

Son barbaridades que un día dicen que las van a ejecutar y al siguiente dicen que no, pero crean el caos en un país aturdido. Hasta ahora, la realidad es que las inversiones están paralizadas, el dólar se fue a las nubes y los ahorros se van para el exterior.

La meta del nuevo gobierno es empobrecer a Colombia

Las decisiones tomadas antes de comenzar a gobernar son de una torpeza sin límites y anuncian la meta fundamental del nuevo gobierno, que es empobrecer a Colombia. Hacer miserables a las clases trabajadoras, arruinar a los empresarios y crear desabastecimiento, lo cual es el resultado inevitable del socialismo.  

El primer instrumento para conseguir ese fin macabro es la Reforma Tributaria, que justifican con el argumento demagógico de que los ricos deben pagar más impuestos, como si eso no fuese así desde siempre. Pero omiten la realidad de que los impuestos excesivos espantan a los inversionistas, asfixian a las empresas, destruyen su capacidad competitiva y las hacen desaparecer. 

Los países disminuyen la pobreza cuando aplican los principios de libre mercado y de respeto a la propiedad privada en forma sabia y coherente. Suprimiendo trabas y reglamentaciones inútiles, protegiendo las empresas para que crezcan y se multipliquen, se generan empleos de calidad, lo cual es la principal fuente de bienestar de la población.   

La mayor lección de las fracasadas experiencias socialistas, consiste en que los impuestos confiscatorios destruyen la economía, pues nadie trabaja para que el Estado se quede con el fruto de su trabajo. Al contrario, las tasas impositivas razonables multiplican la creación de empresas, generando una base más amplia que tributa, lo cual aumenta el recaudo de impuestos.

En otras palabras, es más rentable para el Estado cobrar menos impuestos a muchas más empresas, que el estúpido principio de cobrar impuestos confiscatorios a las pocas empresas que subsisten.  Algo tan elemental es el principio de economía más verdadero y sabio de la historia, pero el socialismo lo ignora y hace exactamente lo contrario.

El socialismo solo produce miseria

Como complemento de esta concepción equivocada de la economía, el Estado asume la solución de todas las necesidades de la población. Así, la educación, la salud, el empleo, la alimentación y todas las demás necesidades básicas pasan a ser atendidas por el Estado.

La utopía socialista afirma que en ese sistema todos pasan a «vivir sabroso». Pero la realidad histórica indica exactamente lo contrario, pues el Estado es el peor de los administradores, el peor de los productores y el peor de los comerciantes.  

Cuando el Estado hace lo que no le corresponde, lo hace mal. Y alrededor de su inoperancia, su despilfarro y su mala administración, crece como espuma la corrupción, pues lo que no es de nadie se convierte en botín de los corruptos. En esta feria de nuevos impuestos, que son nocivos y destructores de la economía y del progreso, alguien se ha preguntado: ¿cómo el Estado administra esos recursos?

Combatir la corrupción sería la mejor reforma tributaria 

Los cálculos más conservadores estiman que el valor de la corrupción en Colombia es de aproximadamente 50 billones de pesos por año ($12.000 millones de dólares). Y eso es lo que se pretende recaudar con los nuevos impuestos.

¿No sería más razonable impedir que se sigan robando el dinero del Estado? Combatir eficazmente la corrupción sería la mayor y la más productiva de las reformas tributarias. Pero esto no lo hace el gobierno que tenemos ahora, ni lo hará el que vendrá, porque el Estado colombiano se ha diseñado para que se lo roben los corruptos. 

Por ejemplo, las llamadas regalías, que son impuestos que paga la minería del petróleo, el carbón y el oro, suman unos 20 billones por año ($5.000 millones de dólares). Esos recursos se destinan a proyectos de desarrollo en las regiones, pero se han convertido en una gigantesca bacanal de corrupción que nadie enfrenta. Esa inmensa fortuna se reparte entre congresistas, alcaldes, gobernadores y empresarios corruptos, que se hacen aprobar centenares de proyectos que jamás se ejecutan, pero el dinero sí sale de las arcas del Estado.

Todos sabemos que mientras más dinero tenga el Estado, más dinero se roban los corruptos. Mientras tanto, 50 millones de colombianos vemos con indignación que nuestras necesidades elementales no son atendidas. Como ejemplo, apenas cito dos situaciones de los últimos días. El senador de Caldas, Mario Castaño, acaba de ser encarcelado por crear una gigantesca trama de corrupción con dineros públicos. Los bienes que le han incautado hasta ahora, comprados con dineros robados, suman casi 100 000 millones de pesos (25 millones de dólares).

Y, por otro lado, el dinero destinado por la Presidencia de la República dizque para garantizar el Acuerdo de Paz, que el año pasado fueron de 4,4 billones de pesos (1 100 millones de dólares), se repartió en forma fraudulenta. Los beneficiarios de los contratos pagaron comisiones del 12 % a los funcionarios del gobierno que los administran y los asignan. Es decir, sólo en comisiones corruptas se repartieron 500 000 millones de pesos (USD 120 millones). Y después de asignados los contratos, la mayor parte de ese dinero se lo roban, cuando supuestamente ejecuten unas obras que en realidad nunca se hacen.

Los organismos de control son inoperantes

En medio de este desangre de corrupción, si alguien brilla por su ausencia, son los organismos de control del Estado. La Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría, que son unos entes burocráticos gigantescos e inoperantes, jamás se enteran de nada, pues los escándalos siempre se descubren gracias a otras fuentes. Y cuando se conocen los hechos y comienzan las investigaciones, caen en manos del llamado Cartel de la Toga y entonces no pasa absolutamente nada. 

Esa maldita corrupción fue la que nos condujo al precipicio del socialismo. Fue esa la razón por la cual un número muy grande de personas votaron por Petro, creyendo ingenuamente que cambiará la trágica situación en que estamos. Sólo que con seguridad este gobierno será peor, pues el elenco de políticos escogidos para los cargos importantes son los que precisamente han estado comprometidos con la corrupción rampante que nos sumergió en esta debacle.

*Director de la Sociedad Colombiana Tradición y Acción

trujillo.eugenio@gmail.com

Via ifmnoticias.com

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