Por Fernando Alvarez Corredor
Hoy en Colombia ningún hombre puede discutir con una mujer, ni criticar una mala actuación femenina porque es tildado de misógino, machista o maltratador. Hoy no se puede enfrentar a alguien negro, así atropelle o atente contra el otro, porque termina inevitablemente señalado de racista, xenófobo o blanquito esclavista. Y no se puede enfrentar a un periodista porque se ubica como enemigo de la libertad de prensa, violador del derecho a la información, censurador, dictador y hasta fascista. La triste conclusión es que hoy hay que dejarse pisotear si es de una mujer, si es de alguien negro, de un gay o de un periodista. Ellos hoy parecen tener patente de corso para agredir, violentar o difamar a riesgo de que quien ose enfrentarlos termine en la picota pública como negrero, macho patriarcal, homófobo o enemigo de la prensa.
Por estos días afirman olímpicamente que el presidente Abelardo de la Espriella metió basa para sacar a la periodista Camila Zuluaga de Blu Radio. Presentan a Gonzalo Córdoba, presidente de Caracol, como un pelele que se rindió a las exigencias del neodictador y peligroso aplastador de libertades, “El Tigre” Abelardo. Y pretenden con la lógica de aprovechar cualquier episodio y sumar mentiras repetitivas para que terminen como verdades y rellenar el preformateado perfil falso del presidente que tuvo la osadía de derrotar al mamertismo unido, acabar con las pretensiones de perpetuarse de Gustavo Petro y de aguar la fiesta a la prensa que rondaba los contratos del Estado y la pauta oficial. No se la perdonan y lo que les queda es la difamación.
Pero cualquiera que escuche las intervenciones de Camila Zuluaga en Blu Radio en las que se permite gritar y pordebajear al entrevistado hasta el colmo de agredir a una funcionaria que le pedía que se calmara, ya que según Camila esa es una frase con connotaciones machistas y revictimistas porque así le dicen los hombres a las mujeres que maltratan, concluirá fácilmente que estas posturas fastidian al radioescucha y por supuesto afectan la sintonía, y por ende la pauta. La misma arrogante que cree que a punta de pitazos desde un carro puede lograr una entrevista de El Tigre, que no la ve como periodista imparcial. La misma que considera que al no darle la entrevista atenta contra el libre derecho a la información. Eso también lo escuchaba Gonzalo Córdoba.
Hoy los directivos de los medios tienen una Espada de Damocles sobre sus cabezas que los obliga por algún tiempo a tragarse los sapos y a dejar que sus periodistas hagan gala de su soberbia, su arrogancia o su descarada toma de partido ante el miedo de ser señalado como hoy Gonzalo Córdoba de Caracol, de ser por lo menos abyecto o pusilánime frente al poder presidencial. Pero se requiere cierto grado de perversión, resentimiento, o animadversión al presidente para creer que De la Espriella se tomaría la molestia de decirle a un directivo de Caracol que una periodista no le gusta, cuando el mismo se lo ha dicho públicamente y sin pelos en la lengua ha criticado de frente la tendencia a desinformar, ya sea de un hombre, de una mujer o de un gay.
Actualmente el victimismo es un negocio rentable. La mediocridad periodística se viste de victima para esconder sus falencias, su falta de rigor y sobre todo para ocultar su cortoplacismo en el camino hacia la fama. Hace algún tiempo el periodismo era un oficio para intelectuales. Eran personajes de amplio conocimiento histórico o literario y de gran bagaje cultural. La prensa era un escenario adecuado para ilustres e ilustrados que con sus plumas lograban cautivar lectores y ganaban respeto por ser informados y capaces de informar con equilibrio. Pero como todo tiempo pasado fue mejor, esa no es precisamente la característica del periodista moderno. Hoy una buena figura, una buena voz, o una actitud insolente vende más que un periodista ponderado.
Hoy se citan en redes algunas expresiones de Juan Gossain, patriarca del periodismo que habla de la inmundicia que se ve actualmente en el otrora oficio sagrado, lejano a las veleidades del poder y a los intereses mezquinos del protagonismo mediático. Pero como hasta la sal se corrompe, el propio Gossain terminó de socio en el noticiero CM& del empresario colombo mejicano de origen judío, Pepe Douer, gracias a las gestiones del expresidente César Gaviria, junto con el legendario entrevistador, Yamid Amat. Pepe Douer se hizo famoso porque tuvo pagó a las autoridades norteamericanas una multa de 25 millones de dólares por el mismo delito por el que el extraditado dirigente de futbol en El Nacional, Hernán Botero, pagó 25 años de cárcel en Estados Unidos.
El victimismo periodístico ha dado para todo. Hace un tiempo sirvió para que Daniel Samper Pizano se fuera a vivir a España por supuestas amenazas contra su vida, pero nunca nadie supo quién lo amenazó ni por qué. Sus criticas periodísticas llegaban máximo a cuestionar los suprapoderes de Germán Montoya en el gobierno de Virgilio Barco, quien compartía con Samper que tenía un hermano ligado a los carteles de la droga. Antonio Caballero compartía exilio con Daniel Samper, pero a diferencia del hermano del presidente del 8.000, Caballero era un fuerte crítico de la derecha, de los excesos militares y de la alianza del narcotráfico con el paramilitarismo. No había duda que de verdad podría estar amenazado y que era justificaba su salida del país.
Otro exponente del victimismo periodístico ha sido Daniel Coronell Castañeda, quien al día siguiente de que Pedro Juan Moreno publicara en su revista La Otra Verdad, la historia de sus relaciones con el narcotraficante extraditado Justo Pastor Perafán y con su socio en el noticiero NTC, el testaferro del Cartel de Cali, Cesar Villegas, alias “El Bandi”, buscó a su amigo Yamid Amat en su lecho de enfermo para que le hiciera una entrevista en la que pudiera anunciar que se iba del país por amenazas contra su vida. “Lo amenazó la verdad” decía siempre Pedro Juan Moreno, quien además se jactaba de con ese informe se logró evitar que Coronell le tumbara al Estado cerca de 20 mil millones con una demanda a la CNTV. La denuncia obligó al tribunal a fallar en contra.
Lo cierto es que el victimismo será la agenda de la mediocridad periodística durante el cuatrienio de El Tigre Abelardo de la Espriella. El periodismo militante, como él lo llama será criticado sin contemplación por el presidente y por su gobierno. Los periodistas se verán obligados a ejercer la imparcialidad y practicar con rigor el oficio de informar. Los opinadores tendrán que aprender que existe una gran diferencia entre la opinión pública y la opinión publicada. Y los periodistas cargados de tigre va a tener que esforzarse para sustentar sus prejuicios y que no se note que son precisamente juicios ajenos a la objetividad o que hacen parte de conceptos preconcebidos. No va a ser necesario que el presidente llame directores de medios para que quede al desnudo la pretensión de ejercer el periodismo con sesgos. Eso se nota y eso lo notó Córdoba.
