Por Alfonso Osorio Simahan
Prólogo: En nuestro pueblo la modernidad no llegó en carro de lujo, sino sobre una bicicleta adaptada con motor artesanal que anunciaba, con un estruendo inconfundible, la llegada de un personaje que se volvió leyenda: Teófilo Pérez, o simplemente «Foto Pérez».No era solo un fotógrafo; era el notario visual de nuestras vidas. Hablar o escribir sobre este personaje no es solo rescatar la biografía de un fotógrafo de San Luis de Sincé; es desempolvar el álbum familiar de todo un municipio. En una época donde la imagen no era un pasatiempo digital sino un tesoro de papel, «Foto Pérez» se erigió como el dueño del tiempo.
Crónica: En los años 60, y principio de los 70, cuando el mundo se sacudía con revoluciones y guitarras eléctricas, en San Luis de Sincé el tiempo tenía otro ritmo. Allí, cómo sostiene el prólogo , el progreso no llegó con grandes despliegues, sino con el sonido estridente y artesanal de una bicicleta motorizada. Sobre ella, como un peregrino de la memoria, cabalgaba Teófilo Pérez, un hombre manso, de complexión fuerte , estampa morena achinada, estatura normal y movimientos parsimoniosos como seguros, que un buen día cambió su pueblo natal enclavado en las riberas del Magdalena por este pedazo de sabana para convertir la fotografía en su propio evangelio. Sincé fue su nueva «tierra de promisión», hasta el punto que, aquí procreó una apreciada prole, al contraer matrimonio con una atractiva joven sinceana, Carmen Araujo ,
Muy pocos lo llamaron Teófilo. Para el pueblo, él era simplemente «Foto Pérez». Su remoquete fue una alusión al abnegado y laborioso oficio que cumplió en su dilatada vida , y por el machete de trabajar que cargaba para su desplazamiento rutinario : la motocicleta. Su tarjeta de presentación no era un cartón impreso, sino el estruendo de esa tal «motocicla» —un «hechizo» propio que desafiaba la física y la paciencia de los vecinos—. Si un tractor rugía a lo lejos, el mamagallista de turno sentenciaba: “Por ahí viene Foto Pérez”. Fue la primera moto que vio nuestra generación postberrequeque en el pueblo , reconocida como parte del paisaje sonoro de nuestra existenci
. Cuando pudo , a los pocos años cambió su vieja motocicleta por otra usada , pero más funcional y moderna. Pérez pocas veces viajaba solo. Tenía un «escudero» a su lado, o más bien detrás, en la parrilla, Ananías Palacios. No era un Sancho Panza cualquiera, sino un ayudante «todero» de pura cepa, que cuajó en una yunta perfecta para el rebusque. Ambos poseían habilidades innatas para muchos oficios y quehaceres domésticos. Juntos desafiaron los terraplenes de aquellos caminos agrestes de veredas y corregimientos circunvecinos .
Allí donde había fiesta patronal, bautizo , bodas, primera comunión , reinado, quinceaños… ahí estaba esta colosal dupla. La fotografía aficionada y profesional, especialmente en eventos sociales o sesiones de retratos ha sido un terreno fértil para situaciones algunas veces absurdas, y otras jocosas .Sobre todo, en el Caribe colombiano, donde no solo es un oficio, es un evento social donde el «mamagallismo» y la chispa del costeño son los protagonistas. Sería imposible imaginar que » Foto Pérez» , en su agotador periplo fotográfico no lo arropara también cualquier cantidad de anécdotas pintorescas .
Un viejo amigo, quien fue su vecino, me contaba que «FotoPérez» no perdía la compostura, ni siquiera ante el dolor. Un día, mientras cubría un evento solemne en la iglesia, el equipo estuvo a punto de irse al suelo. En un acto de reflejos felinos, interpuso su pie para salvar la cámara. El impacto en el dedo gordo fue tan brutal que casi se lo quiebra, pero el «evangelio» de la foto no se podía interrumpir. Lo vi terminar el trabajo de rodillas en una banca, me dijo el amigo , ocultando el dolor tras su lente. Al salir, su escudero Ananías Palacios, con ese tono sarcástico que los unía, le soltó: —»Hoy te pasaste de creyente, mi niño; todo el tiempo estuviste en la banca de rodillas». Pérez, aguantando el lagrimón pero sin perder la chispa, señaló su dedo hinchado y respondió, mientras cojeaba : —»¡Eche, pa’ joderte! El devoto es otro… ¡mira cómo tengo el dedo!». Cuenta la leyenda, que yendo para Valencia en un brinco mal calculado sobre un terraplén, Ananías salió volando de nalgas contra el suelo. Foto Pérez, distraído, no se percató sino un kilómetro más adelante, cuando estaba a punto de decir : ! Qué tal te pareció el brinquito?…y tambien extrañado por el silencio de su ayudante; miró hacia atrás: el radar estaba vacío. Al devolverse enseguida, preocupado, encontró a su escudero todavía sacudiéndose el polvo y el orgullo, en una de las tantas escenas que hoy pueblan el anecdotario local. En los bautizos, donde el ron solía acompañar la fe, le tocó lidiar con todo tipo de personajes. Rescatamos está vez la de aquel compadre de apellido De la Ossa, que cerraba los ojos con fuerza cada vez que Pérez preparaba la lámpara. —»¡Abra los ojos, compadre, que parece que estuviera en un velorio y no en el bautizo!», le susurró Pérez. —»¡Nojoda, maestro! —respondió el padrino— ¡Es que ese fogonazo que usted tira me va a dejar ciego antes de ver al ahijado crecer!».
Otra faceta acorde con su arte y no menos solicitada fue la de retratista. Pérez no buscaba la vanguardia de un genio, sino la lealtad a la fisonomía. Pero su verdadera maestría estaba en el manejo de la escena. Imposible olvidar aquel telón pintado con la Torre Eiffel , el Arco del Triunfo y un avión de fondo que un campesino acomodado tenía en Granada y lo usó para fingir viajes transatlánticos. Cuando Pérez lo estaba enfocando con el lente y le ordenaba: “¡Póngase serio, compadre, que usted va es pa’ Europa!» .Justo al disparar el flash, un vendedor gritó: «¡Peto caliente, con leche y canela!». El campesino se tapó los oídos con rabieta arruinando la foto, a lo que Pérez sentenció: —»¡Nojoda, compadre, no se tape los oídos que en París no venden peto!». Así era él: capaz de mantener la compostura profesional mientras soltaba una sentencia picante que desarmaba al más pintado
. Cada vez que yo lo veía por el barrio, con sus equipos terciados al hombro y su inseparable gorra bolchevique —muy al estilo de Rolando Laserie—, era imposible no acercársele. Yo buscaba su cercanía, fascinado por sus solemnes poses y su aire de artista popular. Él, con una sola seña, me pedía silencio y quietud para no romper la magia de la toma. Me quedaba ahí, hipnotizado, escuchando sus famosas retahílas que hoy son patrimonio oral de Sincé: “¡Vea el pajarito…mira el pajarito…, pero no lo busque en el cielo, búsquelo aquí en el lente!”. «¡ Ajá, esa sonrisa, compadre, que parece que le vinieran a cobrar!». “Póngase ‘perfil griego’, o sea, de medio lao’ para que no se le vea el mondongo”. Si hay alguien que encaje en cuerpo y alma con la palabra de moda, resiliencia, es «Foto Pérez» .
Cuando un incendio redujo su casa a cenizas, Pérez no se sentó a llorar sobre las ruinas. Con la solidaridad de los amigos y las pocas herramientas que salvó, volvió a levantar sus paredes y siguió su rutina como si el fuego nunca hubiera existido. Para «Foto» , no había sol , lluvia ni barro que lo privaran de sus obligaciones y deberes . Estos atributos , más su honradez de servicios prestados, fueron suficientes granjearse el respeto de toda la comunidad sinceana. Foto Pérez aceptaba pagos en efectivo o en especie. Todavía se recuerda el episodio del lechón vivo recibido como pago en La Vivienda, que terminó provocando una voltereta en el fango cuando el animal decidió que no quería ser «parrillero» de una motocicleta. Un día, regresando de Galeras, le falló el motor a la motocicleta. Como venía cargado de vituallas y frutas , el peso le impedía pedalear a lo bicicleta, por lo que optó por remolcarla manualmente. Alguien conocido que venía en su burro con poca carga le hizo la segunda para que pudiera pedalear.»! Qué, vaina compadre – le dijo a su amigo . Lo que hay que inventar para ganarnos la vida con el sudor de la ‘chismosa’ ..» ! Así le llamaba ocasionalmente, a su cámara fotográfica
A la final todo ese sacrificio y esfuerzo se tradujo en una victoria mayor: media docena de hijos – cuatro varones y dos hembras – , gracias al flash y al revelado, se convirtieron en profesionales de bien, y quienes orgullosos les recompensaron con amor y gratitud su valiosa crianza . Otros rasgos para resaltar en él , aparte, de su buen humor y espíritu dicharachero , fue su efectiva labia y poder de convicción a la hora de promocionar y contratar su miscelánea de servicios que siempre cumplió con un fervor cristiano . Al final de sus días, las canas y el retiro de la escena laboral, lo llevaron a Barranquilla, ante la súplicas y benevolencia de dos de sus hijos, donde una enfermedad devastadora a los pocos años le arrebató el último aliento.
Sin embargo, en Sincé, su firma sigue viva. Está en el fondo de los baúles, en los álbumes de bodas y bautizos, bajo el brillo de esas fotos que capturaron una época que ya no vuelve. Hoy, cuando escuchamos un motor extraño, todavía nos parece ver al «criollo achinado» acomodando el trípode y diciendo con su eterna chispa: “¡Esa sonrisa, compadre, que parece que le debiera al banco!”.
Epílogo: Foto Pérez no solo capturó rostros; capturó la resiliencia de un hombre que, tras perderlo todo en un incendio, volvió a encender la luz de su flash para iluminar el camino de su prole. Hoy, cuando la tecnología hace que todos seamos fotógrafos, extrañamos al maestro que nos ordenaba buscar el «pajarito» en el lente. Al final, la vida de Foto Pérez fue como una de sus mejores tomas: nítida en sus valores, perfecta en su composición humana y, sobre todo, eterna en el corazón de quienes aún creemos escuchar, en el silencio de la tarde, el rugido de su vieja motocicleta.
Alfonso Osorio Simahán
Alfolele*
