La política bogotana parece tener una memoria demasiado corta. Gustavo Petro y Claudia López, después de años de enfrentamientos y fuertes diferencias, ahora reconstruyen puentes y exploran una alianza política. Pueden hacerlo, por supuesto, pero Bogotá tiene derecho a preguntarse si resulta sensato volver a confiar en quienes ya tuvieron la oportunidad de gobernarla y no lo hicieron bien. No estamos ante dos dirigentes que esperan su primera prueba: ambos pasaron por el Palacio Liévano y dejaron balances que la ciudad tiene derecho a recordar.
Petro y López gobernaron Bogotá con estilos distintos, pero dejaron una coincidencia difícil de ignorar: ninguno logró la transformación integral que prometió. Petro tuvo aciertos sociales, pero su administración quedó marcada por la confrontación, dificultades de ejecución, la crisis de las basuras, los problemas de movilidad y la disputa por el Metro. López impulsó obras e inversiones importantes y llegó con un discurso técnico e independiente, pero terminó dejando una preocupante situación de seguridad, Carlos Fernando Galán heredó de su administración esa problemática específica, que todavía exige respuestas. PetroClaudismo: Dos gobiernos diferentes, pero demasiados problemas esenciales sin resolver.
Tampoco puede olvidarse que López construyó durante años buena parte de su identidad política enfrentando a Petro, lo cuestionó, se distanció de su manera de gobernar y se presentó como alternativa frente a su estilo. Petro tampoco ahorró críticas contra ella, hoy esos antagonismos parecen quedar atrás porque cambiaron las circunstancias políticas. Es legítimo reconciliarse, pero una fotografía juntos no convierte los desaciertos de ayer en aciertos ni transforma sus antecedentes administrativos en una garantía de buen gobierno, por eso hoy volvemos a hablar de PetroClaudismo pero hoy con seriedad y con una foto como prueba de esta alianza que por naturaleza siempre se ataca pero luego se busca y se apoya.
La alianza tiene lógica electoral, Petro conserva una base política sólida y López puede acercar sectores urbanos e independientes que no necesariamente se identifican con el petrismo, juntos pueden ampliar su espacio de poder en Bogotá, pero una cosa es sumar votos y otra sumar capacidad de gobierno. Ambos tuvieron cuatro años para demostrarla no están solicitando una primera oportunidad: pretenden que los bogotanos vuelvan a confiar en dos dirigentes cuyo desempeño ya conocen.
Bogotá no necesita otra campaña de promesas grandilocuentes, necesita resolver problemas concretos: seguridad, movilidad, transporte, espacio público y convivencia. Esa es precisamente la prueba que sus protagonistas ya enfrentaron, si después de sus gobiernos esos problemas siguieron presentes, algunos incluso con nuevas dificultades, la pregunta resulta inevitable: ¿por qué esta vez tendría que ser diferente, porque Bogotá debe votarle al PetroClaudismo?
Por eso la discusión debe hacerse desde Bogotá y no desde la conveniencia electoral de sus protagonistas. Petro y López tuvieron presupuesto, poder, equipos y cuatro años para gobernar, si ahora pretenden regresar a la disputa por el futuro de la ciudad, están en la obligación de explicar qué aprendieron de sus propias administraciones y por qué los bogotanos deberían esperar un resultado distinto.
La pregunta es sencilla: ¿es sano para Bogotá volver a apostarle a dos dirigentes cuyas administraciones fueron paupérrimas en numerosos aspectos y lesivas para los intereses de la ciudad?, no se trata de negar sus aciertos, sino de ponerlos en la balanza junto con sus errores, sus pendientes y las consecuencias de sus decisiones, en Bogotá la democracia también consiste en evaluar a quienes ya gobernaron antes de entregarles nuevamente el poder.
Gobernar Bogotá no es un ensayo, cada error cuesta recursos, tiempo, seguridad y calidad de vida. Petro y López ya tuvieron la posibilidad de demostrar sus capacidades desde el Palacio Liévano. Ahora pueden reconciliarse, sumar estructuras y construir el proyecto político que quieran, pero esa libertad política no elimina la responsabilidad de responder por lo que hicieron cuando tuvieron el poder.
Bogotá no necesita olvidar para avanzar; necesita recordar para decidir. Petro y López ya tuvieron las llaves de la ciudad y no entregaron la transformación que prometieron, si ahora quieren volver a pedirle a la capital un voto de confianza, tendrán que demostrar algo más que su capacidad para ponerse de acuerdo: tendrán que demostrar que aprendieron a gobernar. Porque Bogotá ya los probó, y la pregunta que queda sobre la mesa es tan simple como incómoda: después de lo que dejaron, ¿por qué debería volver a confiar en ellos?
Columna de. Juan Pablo Castillo
